Los dolores silenciosos de las mujeres que pueden con todo
- dessroman35
- 25 mar
- 3 Min. de lectura
Hay mujeres que pueden con todo. Se levantan antes que todos y se duermen después que todos. Resuelven, sostienen, organizan, contienen. Son agenda, chofer, psicóloga, enfermera, proveedora… y muchas veces también el único pilar emocional de su casa. Pero hay algo que casi nadie ve: el costo.
Hay mujeres que viven al día, que hacen rendir el dinero como magia, que caminan, cargan bolsas, cocinan para todos y muchas veces comen lo que sobra. Pasan por el súper calculando para que alcance, pero cuando se trata de ellas siempre hay algo más importante. Se convierten en taxistas de sus hijos, en apoyo de sus padres, en solución para todos. Y cuando llega el momento de cuidarse, de comprar algo para ellas o de invertir en su salud, ya no alcanza: ni el dinero, ni el tiempo, ni la energía.

Y también están las que “sí pueden”, las que tienen acceso, información y recursos, las que trabajan, dirigen, generan y logran. Pero viven con la mente llena, con estrés constante, con una lista interminable de pendientes. Son eficientes, resolutivas, admiradas, pero agotadas. Comen rápido, comen lo que hay, comen cuando pueden, duermen mal y viven en alerta. Y aunque desde fuera todo parece estar bien, por dentro su cuerpo está pidiendo ayuda.
En ambos escenarios pasa algo en común: ellas no son prioridad. No porque no quieran ni porque no sepan, sino porque aprendieron a ponerse al final. Primero los hijos, primero la pareja, primero la familia, primero el trabajo, primero la urgencia del día… y ellas después, siempre después.
Con el tiempo el cuerpo empieza a hablar. Aparece el cansancio que no se quita, el hambre emocional, la ansiedad por la comida, la dificultad para bajar de peso, la inflamación, el dolor, la frustración. Y entonces llega el juicio: “es que no tengo disciplina”, “es que no puedo”, “es que algo está mal conmigo”. Pero la verdad es otra: no es falta de fuerza, es exceso de carga.
Porque sostener tanto pesa. Pesa emocionalmente, mentalmente y también en el cuerpo. El sobrepeso y la obesidad muchas veces no son el problema, son la consecuencia de años de postergarse, de exigirse, de callarse, de adaptarse, de ser fuerte todo el tiempo.
Hay mujeres que nunca se permitieron sentirse víctimas, que aprendieron a ser las que resuelven, las que salvan, las que aguantan. Y cuando algo dentro de ellas se rompe, no saben cómo pedir ayuda, porque no están acostumbradas a necesitar.
Pero llega un punto en el que el cuerpo ya no negocia, en el que el cansancio no se tapa con café, en el que la ansiedad no se controla con fuerza de voluntad, en el que el peso no baja no importa cuánto lo intenten. Y ahí muchas creen que tienen que esforzarse más, cuando en realidad lo que necesitan es sostenerse a ellas.
Cuidarse no es egoísmo, no es abandono, no es dejar de ser para otros, es dejar de desaparecerse. Porque cuando una mujer empieza a ponerse en su propia lista no se rompe nada, al contrario, todo empieza a acomodarse distinto. La energía cambia, las decisiones cambian, la relación con el cuerpo cambia y poco a poco el peso también, pero no desde el castigo sino desde el cuidado.
Este no es un llamado a hacer más, es un llamado a dejar de cargarte sola, a dejar de exigirte como si fueras infinita y a empezar a escucharte. Porque sí, puedes con todo, pero no viniste a vivir cargando todo, y mucho menos a costa de ti. 🤍


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